420 años

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Oficios que el tiempo se llevó:

Las manos y voces que construyeron el ayer francorrincones.

SERIE ESPECIAL:

PERFILES CONMEMORATIVOS 420 AÑOS DE SAN FRANCISCO DEL RINCÓN

Por: Redacción Especial / Archivo Histórico y Memoria Urbana.

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SAN FRANCISCO DEL RINCÓN, GTO. — Al recorrer hoy las calles pavimentadas del centro histórico, entre el murmullo de los motores y el parpadear de los faroles automáticos, cuesta imaginar un San Francisco donde el silencio de las madrugadas solo era interrumpido por el eco

del chuzo de un sereno o donde el día arrancaba con las pisadas de los arrieros arreando recuas cargadas de palma.

A lo largo de cuatro siglos, la evolución tecnológica, el alumbrado eléctrico y la industrialización transformaron no solo la fisonomía urbana, sino también las ocupaciones de su gente. Muchos oficios que fueron indispensables para el funcionamiento y la seguridad de la ciudad terminaron por extinguirse o transformarse radicalmente, dejando tras de sí un halo de nostalgia y un legado de esfuerzo comunitario.

1. Los serenos: Guardianes de la noche y el farol

Antes de la llegada de la luz eléctrica y de las patrullas policiales modernas, la tranquilidad nocturna de la villa descansaba sobre las espaldas de los serenos.

Hacia mediados del siglo XIX, la ciudad contaba con un cuerpo compuesto por un cabo y varios serenos dedicados tanto a la vigilancia como al mantenimiento del alumbrado público de la época.


Empuñando un garrote o chuzo, una linterna de aceite y una piocha, los serenos recorrían las calles empedradas bajo la llovizna o el frío de la madrugada. Cada hora, encendían o limpiaban los faroles de sebo colocados en las esquinas y cantaban el tiempo a viva voz: «¡Las doce han dado y sereno!». Si se desataba un incendio, una riña o la creciente de un arroyo, el silbato del sereno era la primera alarma para despertar a los vecinos y a la Guardia Nacional.

2. Arrieros y trajinantes: Los navegantes de la ruta de la palma

Antes de la llegada de la estación del Ferrocarril Central Mexicano en 1882, el transporte de mercancías en el Bajío dependía por entero de la fuerza de los hombres y de las mulas. En ese escenario, los arrieros y trajinantes eran los verdaderos arterias de la economía francorrinconense.

Se organizaban en cuadrillas y emprendían extenuantes jornadas de varias semanas cruzando las sierras para traer desde la tierra caliente de Michoacán (lugares como Ario de Rosales, La Huacana o El Jorullo) los gruesos atados de palma fresca.

A su regreso a San Pancho, abastecían a las palmerías y a los talleres familiares, para luego cargar en sus cunas de cuero las gruesas de sombreros terminados y llevarlas a vender a ferias tan lejanas como la de San Juan de los Lagos o los puertos de Mazatlán y Veracruz.

3. Tejedores de malilla a mano y planchadores a carbón

Aunque la fabricación del sombrero sigue siendo un pilar identitario de la ciudad, los métodos artesanales del siglo XIX y principios del XX quedaron casi en el olvido. En aquellos años, prácticamente en cada hogar humilde se practicaba el oficio del tejedor de malilla. Hombres, mujeres y niños entretejían a mano siete hilos de palma para formar largas cintas con las que posteriormente se modelaba la copa y la falda del sombrero.

Una vez cocida la pieza, entraba en acción el rudo oficio de los planchadores de horma.

Antes de la llegada de las prensas de aluminio y vapor, estos artesanos trabajaban sobre pesadas mesas de madera de mezquite golpeando y moldeando el sombrero con pesadísimas planchas de fierro colado repletas de carbón ardiente.

Era un trabajo físicamente agotador que les dejaba enormes callosidades en las palmas de las manos y arrugas marcadas por el calor sofocante del taller.

4. Preceptores de escuela y "vacunadores" de brazo a brazo

En el ámbito de la salud y la enseñanza pública del siglo XIX, la falta de tecnología exigía oficios hoy desaparecidos. Antes de las campañas de vacunación masiva y los laboratorios refrigerados, existía la figura del inoculador o vacunador.

Personajes encomendados por el Ayuntamiento viajaban a caballo entre las haciendas y el centro urbano administrando la vacuna contra la viruela de "brazo a brazo", transportando la linfa activa en niños sanos que servían como transmisores vivos del fluido para proteger a la población de las epidemias.

Por su parte, los primeros maestros de primeras letras eran llamados preceptores.

Trabajaban en salones de adobe desnudo donde no existían cuadernos impresos ni pizarras modernas; su labor dependía de dictar la catequesis del Padre Ripalda, enseñar caligrafía sobre tablas de contar y mantener la disciplina con reglas de madera bajo la severa premisa decimonónica de que "la letra con sangre entra".

Huellas de un pasado laborioso

El paso de las décadas y la llegada del alumbrado, los motores y las máquinas de coser Singer desplazaron a los serenos, arrieros y planchadores a carbón hacia las páginas de la historia. Sin embargo, la memoria de sus oficios nos recuerda que la grandeza de San Francisco del Rincón se fraguó en el sudor cotidiano de hombres y mujeres que, con garrote, palma, carbón y coraje, alumbraron y construyeron el camino hacia el presente.

OFICIOS DEL SAN PANCHO DEL AYER
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• Serenos: Custodios de la noche, faroleros y alerta de emergencias[1].

• Arrieros: Transportistas de palma y mercancías a través de sierras[2].

• Planchadores a carbón: Moldeadores de sombreros con hormas de mezquite[3].

• Inoculadores de viruela: Encargados de la salud pública "brazo a brazo"[4].

Cita narrativa: Zamora Corona (2010) describe los antiguos oficios de San Francisco del Rincón.

A 420 años de la fundación de la ciudad, preservar y recordar nuestras costumbres nos conecta con las raíces de nuestra identidad francorrinconense: tradiciones, oficios y formas de vida que han pasado de generación en generación, manteniendo viva la memoria de quienes construyeron, con su esfuerzo y sus valores, el espíritu de nuestra comunidad.

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